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Tiempo atrás, y ya como costumbre, mi hermano y yo encontramos en el aire libre, la montaña y la bicicleta un lazo que nos une fuertemente a pesar de la distancia que nos separa; sin embargo, cada vez que tenemos la oportunidad de platicar, soñamos y planeamos nuestras próximas aventuras juntos. En esta oportunidad, este plan nos llevó, junto a mi Benotto y equipo de montaña, una vez más a la gran Cordillera de los Andes en Sudamérica.

¡Vaya trayecto!, una singular experiencia porque hasta allá anduvo rodando esta buena amiga que una vez más, se atreve a recorrer otros escenarios y se deja seducir por un plano más austral.

Por razones climatológicas y otras veces personales, varias fueron las ocasiones en las que se vio frustrada nuestra partida en anteriores ocasiones, sin embargo haciendo caso omiso a las recomendaciones de los allegados y a las “señales” de la naturaleza salimos sin dudarlo a concretar nuestra meta, confiando en nuestra convicción y nuestro buen equipo de montaña.

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Salta (1200 MSNM) y la mítica ruta 40 en Argentina fueron el punto de partida y el camino que nos acercarían respectivamente a nuestro principal objetivo, cruzar el punto más alto de cualquier ruta en el continente americano (5061 MSNM) mientras recorremos una distancia superior a 800 kms

Los días estaban soleados, la temperatura era agradable, aunque un poco más fresca en las alturas, y en el cielo solo se percibía un diáfano color azul que se volvía cada vez más intenso a medida que ascendíamos entre las montañas. Con cada kilómetro que avanzábamos el verde de los árboles y de los cerros iba desapareciendo, y en su lugar una paleta de múltiples colores pintaban las laderas creando paisajes que solo podrían imaginarse en un sueño…

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Después de un largo esfuerzo estaba allí, frente a nosotros, majestuosa e imponente la barrera que debíamos de cruzar, una montaña de nieves perpetuas conocida como el Nevado del Acay (5716 MSNM), sagrada para las culturas precolombinas y aún respetada por visitantes y lugareños. Numerosos restos arqueológicos, como recintos, muros, caminos y petroglifos revelaban la presencia de civilizaciones ancestrales a lo largo de la carretera.

El desierto de “la puna” era ahora la vista preponderante, el rigor de la altura (3800 MSNM) y la falta de oxígeno ya se empezaban a sentir. Al pasar de los minutos el camino se convertía en martirio, iniciaba una fuerte pendiente en la que se mezclan pedazos de piedra, arenales y vientos cortantes, que destruían llantas, trituraban las piernas y devastaban el espíritu. La persistencia era lo que nos empujaba hacia la cumbre, estaba allí, cerca, pero requería de más esfuerzo, y cada vez que creíamos llegar descubríamos que todavía nos faltaba aún más. Luego de más de 7 horas de esfuerzo y tan solo 25 km adelantados habíamos llegado al Abra del Acay (5061 MSNM), considerado el paso carretero más alto América.

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El viento nos ponía a prueba, en la cima era insufrible y con una fuerza que apenas nos dejaba estar en pie, este viento conocido en la región como Zonda genera rachas de más de 150 km / hr. El atardecer estaba más cerca y era momento de tomar una decisión; nuestras opciones eran seguir adelante y tomar el riesgo de tener que dormir a la intemperie soportando los fuertes vientos, las gélidas temperaturas de la noche y sin saber si el agua o los víveres alcanzarían; o bien, retroceder hasta una estación de trenes abandonada donde podríamos cubrirnos de las inclemencias del tiempo, lo cual haría imposible por esta ocasión concretar nuestro reto. En definitiva nuestra seguridad era prioritaria antes que el orgullo mal puesto, entonces emprendimos
el regreso…

El descenso fue suave, disfrutando del sol mientras aún bañaba la tierra en un hermoso atardecer, respirando el aire puro de las alturas y regocijándonos de la gran oportunidad que habíamos vivido. Sin saberlo, la decisión que habíamos tomado fue la mejor, esa noche mientras dormíamos el clima cambió drásticamente y la temperatura cayó a menos de -15ºC. Al despertar luego de una larga y complicada noche tuvimos que esperar un par de horas para comenzar a pedalear nuevamente ya que la tienda de campaña se había congelado y era imposible desarmarla, cometí la imprudencia de dejar mis tenis a la intemperie lo que imposibilitó el que me los pudiera poner en un tiempo debido a su total congelamiento.

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Esta aventura, nuestro recorrido con nuestra mejor bicicleta nos permitió respirar cada trayecto, cada camino agreste o diáfano, cada tramo natural e indiscutiblemente ya compenetrado en sus ruedas y mi memoria. Los retos de los caminos ascendentes y descendentes fueron vencidos unos, pospuestos otros entreverándose una sensación de inquietud y alegría por vivir a esa naturaleza que se impone majestuosa y en ocasiones condescendiente.

Aquel día, y luego de otros 140 km de pedaleo constante, estábamos nuevamente en Salta; sanos, salvos y listos para una siguiente aventura con nuestra inseparable bicicleta de montaña.

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